Praga es un cuento. Es tan bella que no parece real. Perderse entre sus calles adoquinadas es la mejor manera de conocerla. Dejarse llevar por el viento, caminar entre sus castillos, admirar su particular arquitectura, entrar en un bar y tomarse una cerveza checa, asombrarse ante sus catedrales, sus puentes de piedra, sus carruajes y faroles, sus parques y casas… Todo parece una fantasía. El tiempo nunca pasó por acá. Caminar sus calles es caminar la Edad Media.
Llegamos de Berlin algo cansados y con resabios de una fuerte gripe, pero con muchas ganas de conocer una de las ciudades más lindas del mundo. Todos nos hablaban maravillas de Praga y ahora entendemos por qué. Nos acomodamos en el hotel y salimos a la nochecita a conocer el centro de la ciudad. En la Plaza Vieja nos encontramos con la imponente Catedral y su Reloj Astronómico. Este era (y es) el lugar histórico elegido por los checos para organizarse y reclamar ante las injusticias sociales (que no han sido pocas a lo largo de su historia). Los checos son bastante cerrados y orgullosos debido a que varias veces, y durante muchos años, han sido dominados por otros gobiernos (primero en tiempos imperiales, luego por los nazis y finalmente por los soviéticos). Por eso no es fácil tratar con ellos, ya que parecen estar siempre a la defensiva. Eso nos dificultó bastante la estadía. Primero tuvimos un problema en el hotel (se equivocaron con nuestra reserva y nos hicieron salir de la habitación como perros, casi empujándonos a la calle, para luego volver a dejarnos entrar una hora más tarde pidiéndonos disculpas, ¡por un error en sus planillas!) y también tuvimos dificultades a la hora de pagar porque no aceptan el Euro. Si hay algo que no tienen, es un trato cordial con el turista: contestan mal, no son operativos y son muy cerrados en sus decisiones. Nos pareció raro, tratándose de uno de los destinos turísticos más visitados de Europa.
Otros lugares que visitamos fueron el Puente de Carlos, con una vista maravillosa de la zona céntrica de la ciudad, el antiguo barrio judío y el Castillo de Praga, que queda subiendo la colina y desde donde se puede apreciar la ciudad en todo su esplendor. Todos ellos lugares preferidos por el grandísimo Franz Kafka, orgullo de los checos y uno de mis escritores favoritos.
El segundo y último día hicimos un tour gratuito en español y la sorpresa fue que quien lo dictaba era Wenceslao, un joven santafecino que desde hace un año y medio vive en Praga, tratando de aprender el idioma checo y la cultura de su abuela, que en tiempos de los comunistas tuvo que abandonar su tierra y exiliarse en Buenos Aires. El tour liderado por Wenceslao fue muy divertido. Nos hicimos amigos de dos uruguayos y un grupo de españoles de Andalucía que están estudiando en Innsbruck y nos invitaron a pasar un día en ese hermoso valle austríaco rodeado de montañas. Seguramente pasemos entre los viajes de Munich y Bruselas.
Finalizamos nuestro día con una cena romántica en un restaurante a metros del Puente de Carlos y luego tomando una sabrosa cerveza checa (una de las mejores del mundo) en un auténtico bodegón como los que solía frecuentar Kafka en búsqueda de inspiración.
Volvimos al hotel casi de madrugada, sin saber bien qué calles tomar, perdiéndonos entre carretas y adoquines, alumbrados tan solo con la luz de los faroles, borrachos de tanta belleza, felices de haber emprendido este maravilloso viaje y pensando en nuestro próximo destino: Viena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario